¿Y tú quién eres?

He conocido a muchas personas en mi vida, y a todas las puedo catalogar en dos categorías:
Las que tuvieron éxito y las que nunca han fracasado.
¿A cuál perteneces tú?
-Emilio-

El tiempo ni se compra ni se vende.
El tiempo se disfruta y se comparte.
¡El tiempo es único!
-Emilio-

"El comportamiento es un espejo en el que cada uno muestra su imagen" - Johann W. Goethe-

lunes, 21 de julio de 2014

DENUNCIARÉ A MI HIJO/A, SÓLO SI ME MATA. HIJOS QUE MALTRATAN A SUS PADRES.



SÓLO DENUNCIARÉ A MI HIJO/A SI ME MATA
HIJOS QUE MALTRATAN A SUS PADRES


Existen muchos testimonios de casos de violencia de hijos hacia padres y, especialmente, hacia las madres. Son casos en los que el insulto suele ser constante de los hijos hacia el o los progenitores. Casos donde los hijos consiguen sus exigencias, sin “pagar el precio” ni cumplir ningún tipo de normas establecidas. Acciones violentas de los hijos hacia el mobiliario u otros enseres familiares, e incluso agresiones físicas de los hijos hacia uno o los dos progenitores.
Casos que conocemos a través de, por ejemplo, el programa “Hermano mayor”, conducido por el excampeón olímpico de waterpolo, Pedro García, donde aparecen en tv casos extremos de violencia de hijos con sus padres, agresiones físicas, agresiones verbales y agresiones emocionales.
El juez Emilio Calatayud, titular del Juzgado de Menores 1 de Granada, y el propio Pedro García abogan por que estos hechos sean denunciados desde los primeros indicios o muestras de este tipo de conductas o comportamientos. Denuncias que, en muchos casos, los progenitores no suelen hacer por miedo o vergüenza. Y que sólo se “destapan” ya es demasiado tarde y con trágicas consecuencias, o bien de difícil solución.
Según la Voz de Galicia (4-nov-2013) “Los casos de maltrato de hijos a padres se disparan un 40 %”. Pensemos que en el año 2012 se registraron en España un total de 9.000 casos. Por tanto estamos hablando de un tema que debería ser muy preocupante, en primer lugar porque no se conocen cuantos casos son los casos reales, sobre todo debido a que éstos no son denunciados en su totalidad; y en segundo lugar porque éstos van, progresivamente, aumentando en nuestro País, y donde parece que únicamente estamos actuando y preocupándonos con medidas “correctoras”.
Según (mi tocayo) el juez Emilio Calatayud, “El 25 % de los casos juzgados en Menores son ya por este motivo y se ha llegado a ver, incluso, a padres con piernas rotas en familias de clase media alta”.
El aumento de la violencia y la agresividad física y verbal de los hijos hacia los padres es cada vez mayor, tanto en familias de cualquier estamento social, familias tradicionales como en familias monoparentales (mayor índice en estas últimas). Pero  uno de los grandes problemas es que no se conocen todos los casos, debido a que muchos padres no denuncian estas actitudes pensando que es una actitud pasajera y que  “cambiará” en el futuro o bien, como hemos dicho antes, por miedo o vergüenza de los progenitores. 


Por tanto, y como viene siendo mi preocupación (como también dice el Juez de Menores “algo estamos haciendo mal”), creo que debemos hacer un gran esfuerzo en la formación y el desarrollo de una educación y desarrollo de la inteligencia emocional, primero en nosotros mismos como padres y/o profesores y posteriormente transmitir a nuestros niños de hoy quienes serán la sociedad del futuro.
Desde hace años, en mis seminarios benéficos, cursos, talleres, artículos y libros, mi principal mensaje es el desarrollo de una verdadera Inteligencia Emocional en los niños, para lo que los padres, profesores y adultos en general debemos realizar primero para poder “transmitir” después. Se trata de no permitir que sigamos siendo unos “Ignorantes Emocionales” y evitar que nuestros hijos y alumnos también se conviertan en unos “analfabetos” emocionales. 
Actualmente (como ya hemos dicho) existen medidas paleativas para intentar corregir y combatir estos hechos de agresividad y violencia de niños con otros niños, niños con profesores y de niños con padres; pero existen pocas iniciativas orientadas a desarrollar medidas preventivas en la educación de nuestros hijos (desde que nacen). Cada vez más, ocurre que las nuevas generaciones se adentran en la “cultura del impulso y del instinto”.


Por diferentes circunstancias sociales, laborales, coyunturales, etc., muchos padres piensan que la educación de sus hijos corresponde, en gran medida, a las instituciones, colegios, institutos, amigos, etc., y que es poca la responsabilidad de los padres ¡nada más lejos de la realidad! La verdadera educación es una responsabilidad al 100 % de los padres; y las instituciones no dejan de ser herramientas a nuestro servicio. La formación y educación en valores y emocional no se realiza por transmisión de conceptos, ideas o conocimientos, sino por mimetismo, es decir se transmite “por los poros”: nuestra forma de hablar, de afrontar las vicisitudes, de buscar soluciones, de perseverar, nuestra capacidad de escuchar a los demás antes de juzgar, nuestra capacidad de expresar lo que sentimos, de comunicarnos de forma abierta y efectiva, de asegurarnos que se nos ha entendido o saber qué se ha entendido de lo dicho, etc., etc.
Trabajar la autoconciencia, la autoestima, el autocontrol, la empatía, la motivación, la asertividad, la cooperación, la colaboración, la capacidad de comunicación, etc., etc., son fundamentales para poder trabajar de forma PREVENTIVA los casos de agresividad y violencia que hemos comentado anteriormente.
En definitiva se trata de ser capaces de desarrollar (primero en nosotros mismos) determinadas habilidades intrapersonales e interpersonales y poder educar a nuestros hijos de acuerdo con unos valores sólidos alineados con los Principios (Autoridad, Respeto, Justicia, Solidaridad, Servicio a los demás, Trabajo, Esfuerzo, etc.). Y no dejar que sea la sociedad, los medios de comunicación, el contexto, el entorno, etc., quienes eduquen a nuestros hijos según los “Valores de Moda”.
Este tipo de problema del que estamos hablando, no sólo hace que los hijos sean agresivos con los padres, sino también con otros jóvenes, con sus profesores, con sus parejas, con desconocidos, etc. Este tipo de actitudes suele ser fruto de un déficit de autocontrol, de falta de empatía, de baja autoestima, de déficit afectivo, de una verdadera relación paterno-filial que le provoca falta de apego y modelos en valores reales (Principios), incapacidad de identificar emociones, motivación por los “valores de moda” (donde, por ejemplo, el fin justifica el medio) y no por los Principios fundamentales (Véase mi artículo en este blog “¿Y a ti qué te mueve, tus principios o tus valores?”); también debido a una incapacidad de autocrítica y de aprender de los propios errores o de las experiencias de los demás (por soberbia), por un alto egocentrismo, por un constante o frecuente “secuestro amigdalar” que le provoca déficit en el desarrollo del sentimiento de culpa, desarrollo de conductas habituales sin consecuencias para ellos (mentiras, desafíos, crueldad hacia hermanos y/o amigos, etc.).

LAS BUENAS NOTICIAS
Las buenas noticias son que las habilidades de la  Inteligencia Emocional se pueden trabajar y desarrollar desde cualquier momento en el que estemos, la edad que tengamos, e independientemente del nivel en el que nos encontremos.
Como primeros consejos, podríamos decir que es fundamental no ser violentos en las interacciones con nuestros hijos. Nosotros somos un modelo, y si somos violentos ellos “copian” y serán violentos con los otros, porque es lo que han aprendido, han aprendido que así es como se resuelven los conflictos o como se consigue imponer el criterio.
Es fundamental que trabajemos con nuestros hijos las emociones, que sepan identificar cuáles son los sentimientos que tienen ante cualquier hecho o acontecimientos. Que sean capaces de ponerles nombre. No es posible preguntar a alguien “¿Cómo estás?” y te conteste “bien” o “mal”. No existe el “estar bien” o ”estar mal”. Yo puedo estar alegre, triste, expectante, frustrado, depresivo, nervioso, etc., independientemente de mis tendencias psicológicas en cualquier de los casos anteriores podré estar “bien” o “mal”. Por tanto debemos enseñar a los niños a poner nombre a cómo se sienten y que lo expresen. Por ejemplo, empezando por nosotros mismos e informando a los niños de cómo me siento… “sabes hijo, hoy estoy decepcionado, frustrado… porque …”
Después es importante enseñarles a los niños pequeñas formas de controlar esas determinadas emociones que les hacen sentir mal debido a un hecho o acontecimiento sucedido, pequeñas formas para poner espacio y tiempo entre el hecho en sí que me provoca esta emoción y el intentar solucionarlo. Pequeñas fórmulas como el tradicional “contar hasta diez” , alejarse unos minutos a otra habitación, escribir un diario, salir a correr, aprender a respirar y calmarse, etc. En definitiva, se trata de dar tiempo y espacio a que se les pase el “secuestro amigdalar” y posteriormente poder volver a hablar (asertivamente) sobre lo ocurrido, sus preocupaciones, qué sienten, cuáles son sus intereses y cómo podemos buscar intereses comunes que han aprendido, qué aspectos positivos pueden destacar, etc.
Es importante que los hijos sean conocedores de los principios y valores morales y qué consecuencias pueden tener determinadas “malas” acciones o comportamientos. “Tú eliges la acción, las consecuencias te vienen dadas”. Los niños deben saber que existen principios y valores morales que se deben cumplir.
 Las normas de comportamiento deben estar claras, deben conocer cuáles son sus derechos pero también, y sobretodo, sus obligaciones. Deben conocer que el límite de sus derechos termina donde comienzan los derechos de los otros. Conocer que vivimos en sociedad (familia) que existe el respeto, el compañerismo la colaboración y cooperación para que funcione, que existen objetivos a cumplir para toda la familia y con los que debo aportar. Las tareas de casa son de todos y se deben realizar entre todos. Ojo, aquí también es importante la utilización del refuerzo positivo y no del negativo, es decir para motivar no se trata de decir “lo mal que has hecho la cama” (por ejemplo), sino “enhorabuena, has hecho la cama… posiblemente quedaría mejor si…” A veces, una exagerada exigencia en calidad de cumplimiento hace que rechacen volver a realizar algo que se les dice que “hacen mal” y por tanto anulamos su capacidad de iniciativa y proactividad.
 Trabajar la autoestima, que sepan valorar sus puntos fuertes y conocer sus debilidades. Que sean capaces de aceptar sus diferencias y por tanto no existe un “modelo social al que copiar”, sino que yo soy como soy y valgo lo que valgo… y lo que me digan los demás no me afecta porque yo soy suficientemente conocedor sobre mí, mis fortalezas y mis debilidades.
 Bien, y para concluir, todo esto NO se hace con una corta, vaga y superficial interacción diaria o semanal con nuestros hijos. Se hace necesario dedicar tiempo, interés real, esfuerzo y paciencia para trabajar todos estos aspectos comentados y sobre todo a escuchar sus inquietudes, sus experiencias, leer su lenguaje gestual y paraverbal, aprender a entenderles, a ser realmente “empáticos” con ellos. En definitiva a establecer una verdadera sintonía y conexión emocional con nuestros hijos, donde sepamos qué es lo que sienten, qué les preocupa, qué y como piensan, cómo actúan, con quiénes se relacionan, etc. A veces no es necesario darles soluciones, o incluso es peor porque nuestras respuestas o soluciones a sus problemas vienen dadas desde nuestra propia “autobiografía” y experiencias propias, y sin embargo sus circunstancias son otras, lo que entonces puede provocarles rechazo. Cada persona somos “un mundo distinto”, con unos prejuicios, experiencias, emociones, creencias y pensamientos totalmente distintos y que nos hacen interpretar las cosas de forma distinta.
Alguna vez, algún padre me ha dicho: “No entiendo a mi hijo/a, no quiere escucharme”. Pero a veces es tan sencillo, por nuestra parte (como padres), realizar un cambio de paradigma sobre nuestros hijos para poder entenderlos (“nosotros a ellos”).  
¡Desaprende!