¿Y tú quién eres?

He conocido a muchas personas en mi vida, y a todas las puedo catalogar en dos categorías:
Las que tuvieron éxito y las que nunca han fracasado.
¿A cuál perteneces tú?
-Emilio-

El tiempo ni se compra ni se vende.
El tiempo se disfruta y se comparte.
¡El tiempo es único!
-Emilio-

"El comportamiento es un espejo en el que cada uno muestra su imagen" - Johann W. Goethe-

viernes, 11 de septiembre de 2026

La confianza y las promesas que hacemos

 

La confianza y las promesas que hacemos


Seguro que tienes alguna persona con la que te entiendes casi sin palabras. Puedes decir algo de forma poco acertada, olvidarte de un detalle o cometer un pequeño error y, aun así, conseguís entenderos. Esa persona te conoce, sabe cómo eres y no interpreta cada equivocación como una mala intención.

Ahora piensa en alguien con quien tengas una relación deteriorada. ¿Qué ocurre cuando intentas explicarte? Mides las palabras, das explicaciones y, a veces, cuanto más intentas aclararlo, peor se pone la conversación. Aparecen las sospechas: «¿Por qué me dice esto?», «¿qué querrá realmente?», «seguro que hay algo más».

Una frase desafortunada puede terminar en una discusión que ninguno de los dos esperaba. Y lo que empezó siendo un malentendido acaba convirtiéndose en otro motivo para distanciarse.

¿Qué ha pasado? Para entenderlo, conviene mirar cómo está la confianza entre esas dos personas y qué ha ido ocurriendo en su relación.

Stephen R. Covey lo explica mediante un concepto muy sencillo: la cuenta bancaria emocional.

 


 

Todos sabemos cómo funciona una cuenta bancaria. Si vamos haciendo ingresos, el saldo aumenta. Si sacamos dinero, disminuye. Y si retiramos más de lo que tenemos, la cuenta queda en descubierto.

Pues bien, en nuestras relaciones ocurre algo parecido, aunque aquí lo que vamos acumulando es confianza. Cada vez que cumplimos un compromiso, escuchamos de verdad o respetamos algo que nos han contado en privado, hacemos un ingreso en esa cuenta. Cuando faltamos a nuestra palabra, despreciamos al otro o traicionamos una confidencia, hacemos una retirada.

Si hemos cuidado la relación durante mucho tiempo, tendremos una buena reserva. Un error involuntario puede reducir algo ese saldo, pero la otra persona tendrá motivos para pensar: «Se ha equivocado, pero sé que puedo contar con él».

Por el contrario, si llevamos tiempo acumulando incumplimientos y decepciones, puede que apenas quede saldo. Entonces, un pequeño fallo encuentra una relación ya dañada. La reacción puede parecernos exagerada porque nosotros estamos mirando lo que acaba de pasar, mientras que la otra persona también tiene presentes las veces anteriores.

Eso sí, tener mucha confianza acumulada tampoco significa que podamos permitirnos cualquier cosa. Una deslealtad grave puede acabar, de un solo golpe, con lo que hemos construido durante años. Y, como advierte Covey, tampoco se trata de hacer ingresos para después poder fallar. Cuidamos una relación porque esa persona nos importa.

¿Cómo podemos generar confianza y ser personas confiables?

Podemos empezar por algo que parece evidente y que, sin embargo, descuidamos con frecuencia: hablar claro sobre lo que esperamos y sobre aquello a lo que nos comprometemos.

A veces nos enfadamos porque el otro no ha hecho lo que esperábamos, pero ¿se lo habíamos dicho? ¿Habíamos llegado a un acuerdo o simplemente dimos por hecho que lo había entendido?

Explicar nuestras necesidades con amabilidad, escuchar las de la otra persona y aclarar lo que hemos acordado evita muchas decepciones. El otro no tiene por qué adivinar lo que para nosotros resulta tan evidente.

Cuidar las promesas, también las pequeñas

Aquí merece la pena detenernos, porque muchas veces dañamos la confianza sin darle importancia a lo que estamos haciendo.

Cuando le decimos a alguien «cuenta conmigo», esa persona puede dejar de buscar otra solución. Si decimos «yo me encargo», puede quedarse tranquila porque entiende que hemos asumido esa responsabilidad. Nuestra palabra tiene consecuencias en sus decisiones.

Por tanto, debemos tener muy claro qué significa comprometernos:

Si realizo una promesa… la cumplo.
Si cambian las circunstancias… la cumplo.
Si cambia mi estado de ánimo… la cumplo.
Y si cambian tanto las circunstancias que se hace absurdo cumplirla… informo de las nuevas circunstancias, trato de que la otra persona las entienda y le pido que me libere del compromiso. Y si no me libera… la cumplo.

El hecho de que ahora me venga mal, esté de peor humor o ya no tenga las mismas ganas no hace desaparecer lo que prometí. La otra persona sigue contando con ello. Yo no puedo decidir por los dos que aquello ya no tiene importancia.

Por eso debemos pensar antes de dar nuestra palabra. Nunca deberíamos prometer de forma automática para quedar bien, salir del paso o evitar decir que no. Tampoco hacer promesas que sabemos que no podremos cumplir. Es preferible reconocer desde el principio que no podemos comprometernos a dejar al otro esperando algo que no va a llegar.

Y esto también se aplica a esas cosas pequeñas que decimos casi sin pensar: «Mañana te llamo», «esta tarde te lo envío», «el sábado te acompaño».

Pensemos en esa llamada. Para nosotros quizá era algo que podíamos dejar para otro día. Para la otra persona, podía ser la oportunidad de hablar de un problema que le estaba preocupando mucho. Nosotros seguimos con nuestras cosas; ella se quedó esperando.

Después notamos que está distante y no entendemos qué le ocurre. Incluso podemos pensar: «¡Pero si sólo fue una llamada!». Para nosotros, sí. Para ella, significaba que podía contar con alguien cuando lo necesitaba.

La importancia de una promesa también depende de lo que representa para quien la recibe.

Muchas relaciones se deterioran así. Incumplimos algo que consideramos pequeño, no vemos el daño que ha causado y seguimos actuando de la misma manera. Hasta que un día nos sorprende que esa persona ya no confíe en nosotros.

Conviene preguntarnos si hemos dado motivos para que pueda seguir haciéndolo.

Ser leales con quien no está

Otro aspecto importante es cómo hablamos de las personas cuando están ausentes.

A veces nos reunimos con unos compañeros y acabamos criticando al que falta. Entre bromas y comentarios encontramos algo que nos une durante un rato. Pero pensemos: ¿qué puedo esperar cuando sea yo quien no esté en esa reunión?

Si somos capaces de respetar al ausente, quienes están presentes también aprenden algo sobre nosotros. Ven que no aprovechamos su ausencia para ridiculizarlo ni contamos lo que nos ha confiado.

Por supuesto que podemos hablar de un problema y buscar una solución. La cuestión es hacerlo con respeto y con las personas adecuadas, sin convertir la conversación en una ocasión para desacreditar a alguien. Y si tenemos un desacuerdo con esa persona, procurar hablarlo con ella.

Aprender a disculparnos

Todos nos equivocamos. El problema se complica cuando, después de hacerlo, nos cuesta reconocerlo y buscamos la forma de que la responsabilidad termine siendo del otro.

«Es que tú también…», «te lo tomas todo mal», «si no hubieras dicho aquello…». Con estas respuestas dejamos nuestro error sin atender y añadimos otro motivo de malestar.

Disculparse exige reconocer qué hemos hecho y escuchar cómo ha afectado a la otra persona. Conviene evitar las disculpas automáticas, esas que pronunciamos para cerrar el asunto cuanto antes. Si hemos causado un daño, tendremos que ver qué podemos hacer para repararlo.

También debemos cuidar lo que viene después. Pedir perdón por algo que repetimos una y otra vez termina haciendo que nuestras disculpas pierdan valor.

No descargar en otros nuestras frustraciones

En ocasiones estamos enfadados con nosotros mismos porque no hemos hecho lo que nos habíamos propuesto o hemos fallado en un compromiso personal. Sin embargo, quien acaba recibiendo nuestro mal humor es alguien que tenemos cerca.

Antes de reprocharle algo, podemos pararnos y preguntarnos: «¿Estoy enfadado por lo que ha hecho esta persona o estoy descargando sobre ella una frustración mía?».

Reconocerlo nos permite asumir lo que nos corresponde y evitar un daño innecesario en la relación.

La confianza se va formando con lo que hacemos en el día a día. La otra persona comprueba si cumplimos, cómo tratamos sus preocupaciones y qué ocurre cuando cometemos un error.

Cuando esa confianza se ha perdido, decir «puedes confiar en mí» puede quedarse corto. Habrá que darle tiempo y razones para comprobarlo, sin exigirle que olvide lo ocurrido porque nosotros ya queremos pasar página.

Piensa en una persona importante para ti. ¿Cómo está vuestra cuenta bancaria emocional? ¿Hay alguna promesa que siga esperando que cumplas?